Todo es cuestión de probar

enviado por anónimo

Eran las putas de la cuadra.
Leyla había sido la primera en parar en esa esquina. Era un soberbio travestí de casi un metro ochenta, con largas piernas y piel mulata. El culo y las tetas siliconadas eran obras maestras. Con sus gruesos y sensuales labios apresaba toda pija cuyo propietario pudiera pagar. Tenía ojos marrones y pelo largo teñido castaño oscuro con reflejos dorados. Top rosa y mini negra de cuero era su atuendo preferido. Adoraba las medias caladas y los tacos altos.

Ingrid llegó a las pocas semanas. Era una hembra, y bien hembra. Uno no podía explicarse como una mina así no estaba trabajando en un departamento privado, en vez de exponerse y hacer la calle. Era rubia natural y de piel exquisitamente blanca. Las tetas eran fantásticas muestras de juvenil belleza. Contoneaba un culo firme y deliciosamente redondo. Era apenas unos centímetros más baja que Leyla y su ropa de combate era igual de provocativa.

El primer día se trataron muy mal. Leyla se le fue al humo y la quiso desalojar de la esquina de prepo, pero Ingrid no era de las que se asustaba fácil. Se cruzaron insultos, se empujaron, volaron cachetazos mutuos y terminaron rodando por el suelo, agarradas de los pelos. La cosa terminó cuando vino la policía y se las llevó a pasar un par de noches en la comisaria.
Después de eso se hicieron amigas, o eso es lo que parecía. Compartieron la esquina y ninguna le disputó clientes a la otra. Cuando terminaba la noche de trabajo, solían desayunar en un bar de las cercanías.

Una mañana, después del desayuno, Ingrid invitó al travestí a conocer su casa. Leyla se extrañó un poco, pero aceptó.

El departamento de Ingrid era un dos ambientes ubicado en el contrafrente de un edificio de la zona de Once. Ingrid había estado pensando unos cuantos días antes de hacer esa invitación. Nunca había probado a un travestí y la idea de coger con una de esas Reinas la calentaba cada día un poco más.
A la rubia solo le quedaba algo de ginebra en su casa, así que tomaron unos tragos directamente de la botella. Hacía rato que se había hecho un tenso silencio y las dos profesionales se miraban como si nunca se hubieran visto antes. La curiosidad y el deseo mutuo iba en aumento.

En un momento Leyla fue al baño, que quedaba pegado al dormitorio. Cuando salió, vio a Ingrid sentada en el borde de la gran cama. La rubia le clavó una mirada enfebrecida. El alcohol las lanzaba a una en brazos de la otra.

Leyla fue a su encuentro y entonces la rubia se levantó y sin decir palabra paso al lado del travestí y se metió en el baño. Leyla se quedo parada sin saber que hacer. Dudaba en meterse también en el baño o esperar. Finalmente, optó por lo último y se sentó en la amplia cama. Pasaron unos eternos minutos.

Finalmente, la sorpresa fue mutua.

Leyla vio a Ingrid salir del baño, vestida solo con una ínfima bikini calada blanca, que más que ocultar exhibía una concha peluda y esplendorosa. Los puntiagudos pezones que se erguían en el promontorio de las maravillosas tetas de la hembra le apuntaban, excitados. Por si hiciera falta, Ingrid la miró a los ojos, entreabrío su deliciosa boquita y dejó asomar, apenas, la punta de la lengua. Se quedo ahí parada, con las manos en las caderas, esperándola en silencio.

Leyla sintió que la verga parecía querer perforarle la trusa. Se sabía bisexual, pero nunca se había puesto tan caliente por una mujer. Se ahogaba en su propio fuego. Se puso en pie y, torpemente, se quitó la ropa.

A medida que el travestí se sacaba la blusa, y luego el sutien y luego la mini y la bombachita y las medias y los tacos, la cara de Ingrid adquiría una expresión de mayor deseo. La hembra, impaciente, se sacó la bikini de un tirón y, con la concha empapada, fue al encuentro del extraño macho que le mostraba un palo enorme, parado y duro y un par de tetas igualmente llenas y sólidas.

Se abrazaron y besaron apasionadamente, chupándose y jugando lengua con lengua, mientras las manos acariciaban tetas, conchas y vergas con desesperación.

Leyla necesitaba clavársela ya, así que llevó a Ingrid a la cama casi con violencia. Allí, le chupó la concha con fruición. Lamía y sorbía ese soberbio hoyo mientras la rubia, con las piernas bien abiertas, tenía agarrado de los pelos al travestí y le aplastaba aún más la cabeza contra su hambriento agujero.

La hembra aullaba de placer, arqueando su cuerpo sudoroso y moviendo la cabeza de un lado a otro, cada vez más frenéticamente. Mientras la chupaba, Leyla se pajeaba hasta tener la pija tan tremendamente dura que no pudo más y, sacando la cara del hirviente agujero, se abalanzó sobre su amante y le enterró el palo hasta el tallo y la empezó a galopar.

Ingrid, golosa, se abrió a pleno y recibió con gusto ese fierro hirviente que la invadió. Cruzó las piernas sobre las caderas de Leyla y, abrazándola con fuerza, la incitó a que la penetrara con el mayor salvajismo.

La belleza animal de Leyla, su cara de potra y su cuerpo potente, contrastaba con la delicadeza de las formas de Ingrid.

Los rostros se contraían de placer.

La cama temblaba bajo los embates de la tremenda pasión que se daban.

Los hermosos cuerpos estaban bañados en caliente sudor. La carne oscura se retorcía y mezclaba con la carne blanca en medio de gozosos gemidos.

Los gruesos y sensuales labios de Leyla se fundían con los finos contornos de la boca de Ingrid. Chupaban y chupaban y solo se separaban para gritar de placer.

Leyla se detuvo en un par de ocasiones, para prolongar el goce, pero la tercera vez fue más allá de todo limite y con una violenta sacudida le disparó un formidable chorro de leche a su amante. Esta sintió la explosión del orgasmo y ambas quedaron semiaturdidas por el intensisimo placer.

Sin embargo, Leyla no había terminado.

Con un movimiento brusco, la Reina se desenvainó de Ingrid, la obligó a darse vuelta y sin perder tiempo buscó culearla.

Ingrid, aún no respuesta del anterior placer, al principio se resistió y se negó a entregar su otro agujero.

Forcejearon y al final la hembra, arrastrada por la excitación, se abrío de piernas. Leyla, sin piedad alguna. le clavó su dura y húmeda verga en el culo. Ingrid aulló de dolor ante el ataque. La Reina prosiguió con los lanzazos mientras gruñía y manoseaba las tetas de la rubia, quien mordía la almohada y se restregaba contra las sabanas, debatiéndose y tratando de quitarse de encima a esa loba furiosa que la apuñalaba desde la espalda. Los fierrazos de Leyla horadaban el delicioso agujero. Ahora Ingrid volvía a gritar y pedía y puteaba para que la otra parara. Esto no hacía más que aumentar la bestial calentura del travestí, quien ante cada grito de la hembra, la culeaba con más fervor. Por fin podía romper ese culo hermoso que competía con el suyo. Al final, la Reina largó un potente chorro de guasca y se derrumbó sobre la espalda de Ingrid, quien lloraba a los gritos. Pasó un rato antes que el travestí se saliera de su víctima y echándose a un lado, se quedara dormido.

Ingrid siguió llorando en silencio. Había sido violada por ese trolo inmundo y le había dolido y le había gustado.

No era la primera vez que se la culeaban ni sería la última, pero nunca un travestí la había sometido. De pronto se acordó de un juguete que una vez le regalara un cliente de gustos exóticos y entonces sonrío de placer.

Con cuidado, para no despertar al travestí, salió de la cama y abrió el segundo cajón de la cómoda.

De ahí sacó una caja cuadrada y de esa caja extrajo un bonito consolador de dieciocho centímetros de largo, de esos que vienen con unas cintas para pasarlas alrededor de los muslos y sujetar el consolador de manera que una mujer pueda portar ese enorme falo de plástico y, jugando al macho, se pueda coger a su compañera de turno.

O compañero.

Ingrid se calzó el juguete y quedó con la falsa verga apuntando a Leyla, quien dormía profundamente, boca abajo y despatarrada.

El travestí parecía estar soñando algo muy bonito, porque gemía placenteramente. Ingrid uso la guasca que aún le chorreaba por la concha para lubricar el aparato y se acercó a su rival.

Ardía de venganza y de deseo.

Leyla tenía las piernas bien abiertas y ofrecía el culo a quien quisiera poseeerlo. Ingrid pensó que ese puto chupapijas le había roto el culo sin permiso y furiosa se le tiró encima. La clavó violentamente y el travestí solo pudo aullar y corcovear impotente mientras la otra se lo montaba. Salvajemente se contorsionaron una encima del otro. Leyla sentía el tremendo trozo llenándola más y más y al rato dejo dejó de oponer resistencia y se entregó al placer de la violación.

Anuncio el orgasmo con un grito.

Ingrid, más caliente que nunca, se soltó del consolador y echándose a un lado se empezó a manosear las tetas y la concha, buscando descargar su fiebre. Con dos sabios dedos en la concha, se arrancó una sucesión de violentos orgasmos.

Una, boca arriba y con los dedos en su caliente agujero y otro, boca abajo y con el consolador aún en el culo, quedaron un largo rato, jadeantes y exhaustas.

Sin palabras reclamaron un último acto.

Leyla se despojó de su invasivo juguete y se abalanzó sobre su compañera con la pija como de piedra.

Ingrid aceptó el embate y ambas, borrachas de furiosa pasión y agarradas de los pelos, se prodigaron tremendos tetazos acompañados por estremecedores gruñidos, mientras la verga del travestí atacaba la concha de la rubia. Un chorro de caliente leche liquidó la disputa y noqueó a las dos contendientes, envolviéndolas en una deliciosa sucesión de orgasmos.

Bañadas en sudor y llorosas, las amantes se fueron calmando lentamente.

Habian saboreado hasta la última fibra del cuerpo de su pareja y juntas habian alcanzado las más altas cumbres del placer. Ahora, por unos instantes siquiera, estaban más allá de todo.

Ver más relatos eróticos