Mi amigo Gabriel

enviado por Caralampio

MI AMIGO GABRIEL
Lo vi por vez primera en el vestidor del gimnasio. Tenía unos cuarenta años y era un hombre fornido, de pecho amplio, brazos robustos y mandíbulas marcadas. Me agradaron sus ademanes y su mirada oscura y esquiva pero varonil y amable. Yo llegaba a hacer mi rutina, pero al ver que se dirigía al vapor no lo pensé más y también me desnude para entrar detrás de él. En el vapor pude darme cuenta que tenía una verga de buen tamaño, aún retraída por el vapor; pero comprobé sus posibilidades cuando se enjabonó el cuerpo y lógicamente se froto la verga. Le creció a un tamaño muy apetecible y pensé que debía tenerla para mis antojos.
En los días posteriores empecé a asistir al gimnasio a la misma hora que él, buscando mostrarme desnudo. Lo miraba como tímidamente y cuando estaba desnudo, me agachaba para que viera en primera línea todo mi culo. Sabía que no era homosexual, pero mi juventud de veintidós años y mi cuerpo endeble y lampiño, con hombros caídos, pecho hundido, extremidades delgadas y culito respingón, junto a mi rostro aniñado, me hacían muy femenino, y en varias ocasiones lo descubrí mirándome de reojo.
Durante cuatro semanas me acerqué a él, haciéndole plática acerca del ejercicio, del trabajo, del tiempo, etc. Hasta en una ocasión fuimos a tomar un rápido desayuno después de realizar nuestro ejercicio. Yo aproveche y lleve la conversación al ámbito sexual, comentándole que yo había tenido experiencias con hombres y me consideraba bisexual. Después de un rato lo note nervioso y se despidió apresuradamente, pero disfruté mi éxito al notar que cuando se levantó tenía una gran erección que no pudo disimular.
Unos días después aprovechando que había poca gente en el vapor, me decidí y acercándome a él lo miré a los ojos y comencé a tocar su pene y testículos con mi mano. Él vaciló asombrado y antes que reaccionara, me arrodillé frente él.
- No soy como tú – me dijo.
- Yo tampoco soy como los demás – le dije.
Sin dudar, lamí su verga suavemente para después metérmelo en la boca. Él no intentó zafarse, ni tampoco me dijo nada y ante la ausencia de rechazo, continué chupando, estaba fascinado de como su verga se hacía cada vez más grande dentro de mi boca. Luego me llené la boca con sus testículos, y con una astucia convenenciera, recorrí mi dedo entre sus nalgas.
Finalmente me agarró la cabeza y con bruscos empellones me cogió por la boca salvajemente. Cuando noté que estaba a punto de venirse, me saqué la verga de la boca y la pajeé mientras le estrujaba y le lamía los huevos. Él me jaló del pelo, fuera de sí, y finalmente, soltando chorros de leche, se vino sobre mi cara.
Lamí su leche de mis dedos y me levanté. Me acerqué a su oído, sin tocarle, y le dije que me había gustado mucho haberle dado placer y que lo esperaba en el estacionamiento. Al salir me dijo que se sentía raro por lo que había pasado, pero que él también había disfrutado mi mamada. Aprovechando el momento, le pedí que comiéramos juntos el viernes y para mi satisfacción acepto.
Ese viernes disfrutamos nuestra comida y platicamos de muchas cosas, entre ellas nuestro gusto por el sexo. Ya avispado por las copas en la comida, le propuse que fuéramos a un hotel para que le demostrara mis habilidades amatorias. Le anticipé que en mi carro traía una maleta con ropa para hacerlo disfrutar algo diferente. Él aceptó y pasamos a comprar una botella de vino. Al llegar al hotel le dije que pasaría al baño y que mientras sirviera el vino. Me bañé y me limpié el culito por dentro y por fuera. Ya me había rasurado los testículos y el ano dejándome un pubis hermoso. Salí del baño segura de mi misma y él, al levantar la mirada, no tropezó con un hombre, sino con una chica maravillosa y prendida de él, deseosa de su deseo. Pude notar el fascinante asombro en sus ojos. Algo cambió en su interior. Todo el arrepentimiento que podría sentir se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos. Me comía con la mirada, y no sabía qué hacer.
Adiviné que era un hombre de acción y pocas palabras, así que sin más dilación, deslicé mi mano por su vientre y le apreté el bulto. La tenía dura y gruesa. Me puse caliente al instante. Sin decirle nada, me arrodillé en el suelo y mirándole a los ojos, le bajé el cierre, los pantalones y los calzoncillos hasta los tobillos. Asomó su glande, rojo y robusto, y me lo metí en la boca. Me llené al sentir su sabor. Jugué con mi lengua en sus testículos y a todo lo largo de su rígida verga, acariciando sus piernas y nalgas con mis manos. Amablemente le saque los zapatos y la ropa. Lo lleve a la cama y le pedí que se recostara, relajado, saboreando mi juego. Le lamí los huevos, los muslos, las tetillas, el vientre peludo, su polla de arriba abajo. Gabriel me acariciaba la cabeza suavemente, sin decir nada, satisfecho. Los nervios y las dudas habían desaparecido. Tenía a una hembra entre sus piernas que le chupaba su cuerpo y le daba placer como ninguna. Le pedí que se volteara boca abajo y le acaricie la espalda, piernas, nalgas. Un poco después inicié un lento movimiento de mi lengua y boca sobre sus nalgas y ano, lo cual disfrutó visiblemente. Introduje mi lengua cada vez más entre sus nalgas, hasta llegar a su ano y meter mi lengua insistentemente en él hasta tenerla toda dentro. Jadeando ambos, le pedí que se volteara boca arriba y tomando una de sus piernas la puse encima de mi hombro, sin dejar de juguetear con su verga y entonces, con toda intención, le comencé a acariciar su ano con mis dedos. Se estremeció. Yo continué mamando sus huevos, ascendiendo por su verga y llegando hasta su glande. Poco a poco fui metiendo más mis dedos, hasta que tuvo dos de mis dedos bien adentro y bombeando mi boca con su dura verga. Por sus gemidos supe que nunca se lo habían hecho. Me demoré en el agujero de su culo, peludo, caliente y suave. Le encantaba. Me revolvía el pelo, me estrechaba los hombros, se agitaba en la cama. Los movimientos se volvieron cada vez más violentos hasta que sentí que contraía su esfínter anal y llenaba mi boca con su leche caliente y de un sabor delicioso.
Me levanté y me fui al baño. Me saqué los pelos de la boca, me metí lubricante en mi culo y luego volví con un poco de papel de baño y acabé de limpiarle el vientre, le serví más vino y me senté junto a él. Tomé su mano y acaricié mi pierna con ella, entonces él tomó la iniciativa y me acarició el vientre y el pecho. Poco a poco me fue subiendo la minifalda hasta quedar al descubierto mi tanga. Acarició mi pene por encima de la tanga, pero como creció ante sus caricias, no dudó en quitarme la tanga y dejar libre mi duro pene. Lo acarició lentamente alternando con los testículos y cuando ya lo tenía en su máxima dureza, yo me incliné y comencé a mamarle nuevamente su verga.
Yo me calenté tanto que sin pensarlo mucho, me levanté y agarrando su verga con mi mano la acomodé en mi culo y me fui sentando poco a poco hasta que la tuve toda adentro y sentí sus testículos pegar con mis nalgas. Inicié lentamente un subir y bajar sobre tan rica verga, disfrutando cada centímetro que frotaba mi recto. Gabriel por su parte, levantaba la pelvis para tratar de meterla lo más posible y me sobaba mi verga delicadamente. No me dolió, simplemente, sentí un gran placer. Me agarró férreamente por la cintura y empezó a bombear, calmosamente y sin prisas. De vez en cuando me agarraba de las nalgas, clavándome las uñas. Estiré el brazo por debajo de mi cuerpo para acariciarle los testículos y él, tremendamente excitado, aceleró los movimientos.
De pronto se paró y me acercó su verga a la boca, ordenándome que se la mamara porque quería que nuevamente me comiera su leche. Yo chupé su verga con dedicación y deseo logrando que se viniera con un alarido y una generosa descarga de leche que trague gustosamente hasta que ya no salió nada de ella y la dejé muy limpia.

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