La creación del TransBurdel (I): Reclutando a Mara

enviado por Marianne

CAPITULO I


Martín bajó del tren, como todas las noches, en la estación Barrancas, cercana a su casa. Como siempre, en lugar de salir por las puertas habilitadas, caminó hasta el final del andén, y saltó a las vías, para seguir por el atajo que le hacía ahorrarse dos cuadras. A esas horas, jamás se había cruzado con nadie, y prefería eso a tener que dar toda la vuelta, ya que siempre llegaba agotado por el trabajo, y esa noche no era la excepción. Su delgadísimo cuerpo siempre terminaba agotado después de cumplir las arduas tareas que su jefe le endilgaba. Su novia siempre se quejaba de que nunca la visitaba en días de semana a causa de estar tan cansado, y las pocas veces que lo había hecho, no había podido hacerle el amor como ella pretendía. Si bien él tenía un buen pene, en esos días el cansancio no le permitía cumplir con lo requerido por la chica. Hacía tiempo ya que habían desistido de verse los días de semana, y si la novia seguía con él, era porque durante los fines de semana él le proporcionaba un sexo maravilloso. Era un gran amante, y su dedicación al chuparle las tetas o practicarle sexo oral la hacía vibrar de emoción. Pero recién era Martes, así que debería esperar varios días para verla. Siguió caminando, tratando de ver algo en la oscuridad, resignándose a juntar calentura o a lo sumo pajearse al llegar a casa.

Cuando había recorrido ya unos cien metros, percibió que unas sombras lo seguían. Se detuvo, giró sobre sus pasos, y su mirada recorrió la oscuridad buscando esas sombras. Sus ojos no encontraron más que la negrura de una noche sin luna. Se encogió de hombros, y se dio vuelta para seguir caminando. En ese instante, algo lo empujó al pasto, y Martín cayó pesadamente, soltando su mochila. Giró la cabeza para buscar qué lo había golpeado, y luego su cuerpo entero, quedando tendido en el pasto pero boca arriba, mientras trataba desesperadamente de identificar a su agresor. Con el reflejo de algunas luces de los coches que pasaban a un par de cuadras, pudo distinguir la figura de dos hombres, que estaban parados cerca de él. Eran dos hombres muy corpulentos, grandotes, que sin dudas podrían vencerlo fácilmente si él oponía resistencia. Creyó que los tipos querían su mochila y sus pertenencias, así que les dijo "llévense todo, pero no me lastimen por favor". Los dos hombres se rieron fuertemente, y uno de ellos le cubrió la nariz y boca con un pañuelo, que emanaba un fuerte olor. Martín sintió que se desvanecía, y perdió el conocimiento.

Cuando despertó, lo primero que percibió es que estaba atado a un sillón, las muñecas a sendos apoyabrazos, y los pies a las patas delanteras, forzándolo a estar con las piernas entreabiertas. Inmediatamente, percibió también que su cabeza estaba atada de alguna forma, y eso le permitía muy pocos movimientos. Finalmente, una corta ráfaga de viento le hizo notar que estaba totalmente desnudo. Miró a su alrededor, lo máximo que su cabeza le permitió girar. Era una habitación vacía, tenuemente iluminada por una lámpara en el techo, y lo único allí era su sillón, y múltiples pantallas fijadas a las paredes, por lo menos a las que quedaban dentro de su campo de visión, que estaban apagadas. Infructuosamente intentó soltarse las ataduras, o mover el sillón de su lugar, pero nada sucedió. Esperó en vano por un tiempo que no pudo precisar. Tal vez fueron minutos, tal vez horas. Finalmente, sin ningún aviso, las pantallas comenzaron a encenderse, y lo que en ellas pasaba lo sorprendió. En cada una, podía verse a hombres atados en diversas posiciones. Algunos como él a un sillón, otros a camas o camillas, otros directamente encadenados a una pared, pero claramente todos ellos eran cautivos. Tanto como lo era él mismo. Una cosa curiosa que notó era que todos tenían una contextura similar a la suya propia. Delgados, algunos que parecían más altos, otros más bajos, algunos más peludos como él, otros más lampiños, pero todos muy parecidos a él mismo. Intrigado, miraba las distintas pantallas, buscando encontrar alguno en su misma exacta situación, cuando vio que la acción comenzaba primero en una, después en otra, y otra, hasta que en todas las pantallas ocurría lo mismo. Los hombres eran abordados por dos o tres hombres musculosos, grandotes, como los que lo habían secuestrado a él. Enseguida, uno de los musculosos, extraía su pene de su pantalón, y comenzaba a pasárselo a centímetros de la cara al cautivo, que luchaba por evitarlo, hasta que luego comenzaba a frotárselo por las mejillas y los labios al pobre tipo, que finalmente cedía y abría su boca para recibir ese pene descomunal.


CAPITULO II


Cuando en la mayoría de las pantallas los cautivos se encontraban con sus bocas invadidas por los penes de los musculosos, una puerta se abrió en su habitación, y dos figuras de hombres enormes entraron. El terror se apoderó de Martín, que temía seguir la misma suerte de los cautivos de los videos. La sola idea de tener un pene en su boca lo repugnaba, le revolvía el estómago. Cuando estuvieron cerca de él, pudo distinguir que las dos siluetas eran las mismas de los que lo habían secuestrado. Uno era rubio, de pelo muy largo, con una ajustada remera negra que demarcaba todos sus músculos, mientras el otro era morocho, con el pelo muy corto, camisa leñadora sin mangas que dejaban ver sus enormes bíceps, y una tupida barba. El rubio se acercó hasta quedar a escasos centímetros de Martín. A cada paso que daba, Martín sentía su terror incrementarse. Sabía que le iban a querer hacer a él lo mismo que le hacían a los cautivos de los videos. Ya en todas las pantallas sólo había hombres delgados, atados, siendo violados en sus bocas por enormes penes. El temor de Martín se confirmó cuando el rubio soltó su cinturón, bajó su pantalón hasta sus rodillas, y extrajo un imponente pene de 25 centímetros de su bóxer. Por la cercanía, Martín podía ver las gotas de presemen en la cabeza del pene, y percibir su penetrante aroma. No era un olor rancio o desagradable, sino algo extraño. Inmediatamente, Martín pensó en liberarse de su captor mordiéndolo fuertemente cuando el rubio le penetrara la boca, pero qué haría con el morocho? Podría librarse de la silla y correr? Pareció que el rubio adivinaba sus pensamientos, porque le dijo: "no se te ocurra morder, eh, putito? Mirá que aquél –dijo señalando al morocho- está calzado", haciendo referencia a la pistola que asomaba enganchada al cinturón del otro hombre. Martín sabía que estaba perdido. No le quedaba más remedio que hacerles caso, y dejarse violar por esos dos musculosos. En las pantallas, los cautivos se veían succionando los penes sin quejarse, y hasta le pareció a Martín que algunos lo disfrutaban, a juzgar por las expresiones de sus rostros. El rubio frotaba su pene húmedo en presemen por todo el rostro de Martín, hasta que se concentró en frotarlo en sus labios. El estómago de Martín se retorcía de asco, pero nada podía hacer para impedir la invasión de su boca, que ya era inminente. En un instante, el rubio colocó su mano en la nuca de Martín, y posicionó su pene directo al medio de su boca. Presionó la cabeza de Martín hacia adelante, que pese a todos sus esfuerzos no pudo impedir que el pene le penetrara la boca. Sintió el sabor del presemen, tomando por asalto cada centímetro cuadrado del interior de sus mejillas, su paladar, su lengua. Ese enorme pene ocupaba toda su boca, pero aún quedaba más por entrar. Martín se ahogaba, pero el rubio no desistía, así que debió seguir aceptando la invasión, hasta que el pene llegó a su garganta. Martín se debatía entre el reflejo de vomitar y la falta de aire, hasta que el rubio le dijo: "es mejor que te relajes y acomodes mi pija en tu garganta, puto". Sin saber muy bien cómo hacerlo, Martín fue intentando, hasta que sintió que podía respirar nuevamente, y el reflejo se disipaba. En ese momento, los vellos púbicos del rubio rozaban su nariz, y Martín sintió como el musculoso gemía, y comenzaba un movimiento rítmico de entra y sale, aún con la mano del rubio empujando su nuca hacia adelante. El rubio hijo de puta le estaba cogiendo la boca! El sabor del presemen ya se le había hecho normal, y lo sentía bajando por su garganta. Por un segundo, Martín sintió que estaba haciéndolo bien. Seguramente el rubio lo dejaría tranquilo pronto, en cuanto le acabara dentro de su boca. La idea del semen inundándolo no le resultaba placentera, pero ya no sentía ese asco que había experimentado inicialmente. La cabeza de Martín acompañaba los rítmicos movimientos de la cadera del rubio, pero no porque la mano del musculoso lo obligara. En algún momento, el rubio lo había soltado y Martín se movía por voluntad propia. Por qué? Si a él no le gustaban las pijas! Jamás hubiera pensado en chupar una, y sin embargo, acá estaba. Con una tremenda pija en su boca, complaciéndola, saboreándola, casi disfrutándola. Los labios de Martín envolvían ahora esa pija venosa casi con perfección, y su cabeza subía y bajaba, mientras su boca succionaba con ahínco. Ya el rubio no movía sus caderas, sino que era Martín el que se movía, aunque la confusión aún lo invadía. Era posible que estuviese disfrutando de chuparle la pija a otro tipo? Como pudo miró las pantallas a su alrededor, y vio a todos los cautivos gozando de las pijas que tenían en sus bocas, y cómo todos ellos gemían de placer, y trabajaban arduamente para satisfacer a los machos que tenían en sus bocas. La expresión de todos demostraba que estaban al borde del éxtasis. Martín notó que su propia pija estaba durísima. El presemen le resultaba ahora delicioso. Casi adictivo. Quería saber cómo sería el sabor del semen verdadero. Sintió cómo el rubio se iba poniendo tenso, cómo sus gemidos iban en aumento, y supo que pronto tendría la leche invadiéndolo. No podía esperar mucho más. Quería sentir el líquido bajando por su garganta. Si esto era ser puto, ya no estaba tan seguro de ser heterosexual. El rubio explotó dentro de su boca, que con gran esfuerzo logró contener toda la leche, y tragarla sin derramar una gota. Cuando sintió el líquido que bajaba por su garganta, Martín tuvo un intenso orgasmo, que hizo que chorros de su propia leche cayeran sobre su pecho y en el piso. El rubio lo miró y se sonrió, y, extrayendo la pija de su boca, se agachó y lo besó en los labios. Martín sintió rechazo primero, pero enseguida el rechazo fue reemplazado por un calor que invadía su cuerpo, y se entregó al beso del musculoso, que ya le estaba metiendo la lengua en la boca, cosa que Martín retribuía ansiosamente.

Martín supo en ese momento que le encantaba chupar pijas y tragarse la leche. Ya no pensaría en las pijas como en penes, ni en la leche como semen. Le gustaban las pijas y la leche. Estaba claro. Eso lo hacía puto? Y bueno, no era tan grave después de todo, no?


CAPITULO III

Martín respiraba entrecortadamente, tratando de recuperar el aliento, luego de la intensa mamada que le había dado al rubio, que ahora se había apartado, pero que seguía acariciando su cabeza, mientras Martín le sonreía y lo miraba con admiración. El morocho se fue acercando lentamente, y Martín supo lo que seguía. En las pantallas, algunos de los cautivos ya estaban libres y se dedicaban a mamársela a alguno de sus captores, mientras otro lo penetraba por el culo. En los videos donde había más de dos captores, los restantes eran masturbados con fruición por el cautivo, que parecía disfrutar como jamás había disfrutado del sexo. Martín miró al morocho a los ojos, e inmediatamente bajó su vista hasta su bragueta. El morocho entendió el pedido, y sin dudar, extrajo su pija del pantalón. Martín se relamía intuyendo que pronto esa pija lo haría gozar como lo había hecho la del rubio. Preparó su boca, y en cuanto la tuvo a su alcance, envolvió la pija del morocho con sus labios, sellándola dentro, y comenzó con su movimiento rítmico nuevamente. La pija del morocho era aún más grande, de unos 28 o 30 centímetros, y a Martín eso lo fascinaba. Le gustaban las pijas bien grandes, era obvio. El morocho disfrutaba de la mamada que Martín le estaba dando, y el propio Martín tenía su propia pija terriblemente erecta y chorreando presemen. Era obvio que Martín ahora disfrutaba de las pijas más que de cualquier otra cosa. Se dio cuenta que sus manos y pies ya no estaban atados, y que tenía libertad absoluta de movimientos, lo que aprovechó para acomodarse mejor en el sillón y usar las manos para acariciar los huevos del morocho, hasta que sintió cerca al rubio, y pudo agarrarle la pija y empezar a pajearlo. Los dos musculosos dejaban a Martín que los hiciera gozar, y que él mismo gozara con sus pijas. Cuando el clímax era inminente, Martín se detuvo y soltó a ambos. Se puso de pie, caminó unos pasos, y colocando sus manos en sus rodillas, quebró su cintura exponiendo su culo hacia el rubio, que entendió el mensaje inmediatamente. El morocho retomó su posición delante de Martín, mientras que el rubio se acercó por detrás, y comenzó a frotar su pija erecta y chorreante por la raja del culo de Martín, que ya se dilataba a la espera de recibir la primera, pero seguramente no la última, pija de su vida. El rubio empujó con fuerza, y Martín sintió en ese preciso instante que amaba ser cogido por el culo. Era la sensación más maravillosa que podía existir, y estaba disfrutándola tan intensamente que no podía parar de chorrear de su propia pija. En su boca, el morocho estaba a punto de acabar, así que Martín redobló esfuerzos para sentir la leche en su garganta. Obviamente, eso hizo que el morocho acabara, y la enorme cantidad de leche fue directamente a la garganta de Martín, que como un experto deglutió absolutamente toda. El orgasmo que eso le produjo fue intensísimo, y como consecuencia contrajo los músculos de su goloso culo, cosa que hizo que el rubio acabara instantáneamente. Cuando Martín sintió la leche llenándole el culo, experimentó también otro intensísimo orgasmo, tal vez el más fuerte que hubiese sentido jamás, y nuevamente desparramó su propia leche por toda la habitación. En ese momento, Martín se puso a pensar si le seguirían gustando las mujeres, imaginando un par de tetas o una concha, pero este último pensamiento lo asqueó. Reflexionó que las tetas lo intrigaban, claro, porque seguramente unas buenas tetas eran un gran gancho para conseguir más pijas. Esas turras de tetas grandes seguramente tendrían todas las pijas que quisiesen a su disposición, para darles la leche en la boca o en el culo cuando ellas lo quisieran. Turras suertudas...


CAPITULO IV

Martín despertó en una cama que no conocía, aunque la habitación ya le resultaba familiar. Las pantallas le devolvían la imagen de otros cautivos como él, relajados, durmiendo en habitaciones similares. Algunos ya habían despertado, e investigaban el cuarto a su alrededor. Uno en particular llamó la atención de Martín, ya que estaba investigando una cómoda, abriendo sus cajones y hurgando dentro. Martín miró a su alrededor, buscando esa misma cómoda, y pudo encontrarla, perdida entre las sombras de la pared más lejana. En la pantalla, el cautivo encontraba en uno de los cajones hermosísima lencería, en encaje negro o rojo, que iba observando pieza por pieza, frotándolo contra su piel lo que claramente le producía un enorme placer, a juzgar por sus reacciones. Martín se preguntó si él tendría tanta suerte, y corrió hasta la cómoda de su propio cuarto. La alegría fue enorme cuando en el segundo cajón, al igual que en el video, encontró fantásticas piezas de lencería, que sin dudar comenzó a sacar y observar con detenimiento. En las otras pantallas, ya varios cautivos estaban en plena tarea de probarse esas ropas y en uno, podía verse uno de esos sensuales chicos pajeándose, mientras acariciaba con su otra mano el erótico corpiño de encaje y la tanga que se había puesto. Martín no dudó un segundo y, eligiendo las prendas que le parecían más "hot", se vistió con ellas y se miró al espejo. Su cuerpo totalmente lampiño le devolvía la erótica sensación del roce de la ropa, y Martín se retorcía de placer. Su pija estaba totalmente erecta, y en su cabeza las imágenes de las pijas de los musculosos lo hacían delirar de deseo. Ojalá entraran ahora los dos musculosos y se lo cogieran bien duro, como a él le gustaba, y lo hicieran acabar como lo habían hecho el día anterior. Habría sido sólo un día? Cuánto llevaría encerrado allí? Mucho no importaba, realmente. Sólo quería sentir esas pijas hermosas dentro de su cuerpo. Estaba ávido de esa sensación maravillosa. Recorriendo las pantallas, encontró varios chicos maquillándose, y se quedó observando detenidamente cómo lo hacían. Estudió los detalles, y cuando estuvo seguro de lo que tenía que hacer, se volvió a la cómoda a buscar en los cajones. Allí, en el primer cajón que abrió, encontró los cosméticos. Se aplicó corrector, base, arqueó sus pestañas, delineó sus ojos y se puso una combinación de sombras que le gustaba. Luego aplicó máscara y finalmente, pintó sus labios con un lápiz rojo fuego. Cuando se miró al espejo, la imagen de una perra en celo lo miraba fijamente. Su excitación era tremenda. Nunca había sentido su pija tan erecta. Necesitaba ser cogido en ese preciso instante. Quería esas pijas dentro suyo. En las pantallas, varios chicos estaban sobre sus camas, con sus piernas abiertas, y con enormes juguetes dentro suyo, que movían con desesperación hacia adentro de sus culos hambrientos de pija. Nuevamente fue a la cómoda, y para su satisfacción, encontró un cajón lleno de dildos. Eligió el más grande que encontró, y otro que era una reproducción perfecta de una pija, con venas y todo, y se arrojó en la cama, abriendo sus piernas lo máximo que podía, y mientras se penetraba a sí mismo con el dildo más grande, con el otro se llenaba su boca, succionando con devoción. Al cabo de varios orgasmos, ya exhausto, vio que la puerta de su habitación se abría, y los dos musculosos entraban con paso firme, dirigiéndose hacia él. Rápidamente miró las pantallas, donde vio a los chicos sensuales siendo cogidos furiosamente por varios hombres. Una sonrisa se dibujó en su cara, sabiendo lo que le tocaría. Se quitó los dildos, y se dispuso a recibir dos pijas de verdad, de las que a él le encantaban. En pocos segundos, su culo estaba siendo bombeado sin piedad por la enorme pija del morocho, que lo cogía con pasión, mientras el rubio le cogía la boca, llegando hasta su garganta, y Martín sólo podía gemir de placer. Esta era su misión en la vida. Recibir pijas de hombres fornidos, musculosos, sensuales, hermosos. Las manos de Martín recorrían el pecho de los dos musculosos, mientras su culo, cada vez más dilatado, se regocijaba con la pija monumental del morocho, y su boca engullía, golosa, la fantástica pija del rubio, que lo bombeaba sin cesar. En pocos segundos más, ambos hombres le acabaron dentro, haciendo que Martín experimentase otro orgasmo más, como toda una perra a la que se cogieron sin remordimientos. Los tres estaban agotados, así que quedaron tendidos sobre la cama, acariciándose sin decir ni una palabra.


CAPITULO V

Mientras los dos musculosos descansaban, Martín miraba con detenimiento las pantallas, donde los sensuales chicos excautivos estaban entregados a intensas orgías con múltiples machos. Lo llamativo era que muchos de ellos tenían sus rasgos físicos alterados, y particularmente uno resaltaba, porque al principio del video lo había visto notoriamente velludo, pero ahora mostraba un cuerpo completamente lampiño, con una piel notoriamente suave, curvas casi femeninas, y unos movimientos sensuales, propios de una puta en celo. Mientras miraba con detenimiento, el rubio se acercó, y clavó una jeringa en su brazo, vaciando el contenido en su torrente sanguíneo. Martín no entendía muy bien, pero no se resistió, porque la cercanía del rubio lo excitaba. Claramente, el rubio también estaba excitado, así que Martín no dudó, y empujándolo, lo hizo tenderse en el piso, y en cuatro patas, se llevó esa hermosa pija a la boca. Apenas comenzó a chupar, sintió al morocho invadiendo su culo nuevamente, con lo que Martín empujó sus caderas hacia atrás, para acelerar la penetración. Ese monstruo de 30 centímetros lo estaba cogiendo como a su culo le gustaba, y la pija en su boca latía de placer. Martín sabía que los estaba haciendo gozar, como buena perra, y eso lo excitaba más y más. El morocho bombeaba sin piedad, golpeando las nalgas de Martín con ruidosos impactos. Martín gemía y gozaba, y sabía que estaba muy cerca del orgasmo. Así que esto era lo que sentían esas putas cuando él se las había cogido en sus tiempos de hétero? Ahora entendía por qué se regalaban así esas perras. Quién no quería sentirse así de perra? Quién podría no desear unas buenas pijas invadiendo su cuerpo, bombeando su culo, haciendo que el placer se hiciera cargo de todo su cuerpo? Cómo podría hacer para atraer más y más pijas para que le cogieran el culo y la boca? En las pantallas, podía ver como algunos cuerpos mostraban ya rasgos marcadamente femeninos, con tetas incipientes, largos cabellos y rostros que cualquier modelo podría envidiar. En un segundo, supo que eso era lo que él quería. Justamente, no ser "él". Ser "ella" y tener rendidas a sus pies las pijas más hermosas que pudiera encontrar. Se imaginó con un par de enormes tetas, una larga cabellera y unas piernas de diosa. Sólo esa imagen fue suficiente para hacerla acabar. Sabía que ya no había vuelta atrás. Ya no se sentía Martín. Cómo quería llamarse? Cómo se veía a sí misma? Tanto el rubio como el morocho acabaron dentro de ella, que gimió y tragó y disfrutó de la leche dentro de su cuerpo. Estos dos machotes le habían dado otro orgasmo. Era una perra multiorgásmica, ya. Ese pensamiento la llenaba de felicidad. Soltó a sus dos hombres, y se miró detenidamente. Su cuerpo perfectamente suave y sin rastro de vello, mostraba unas curvas maravillosas. Sus piernas subían con líneas perfectas hasta encontrarse con sus caderas, que enmarcaban un culo redondo, erguido, casi perfecto. Su cintura marcaba sus costillas inferiores, y sus dos incipientes tetas asomaban orgullosas de lo que alguna vez fue un pecho masculino, pero ya no más. Su pelo, cayendo sobre sus hombros, enmarcaba el rostro de una hermosa mujer, ardiente, insaciable, putísima. Su propia imagen le dio una enorme erección. Sabía que tenía que ser cogida nuevamente. Se acercó al rubio, comenzó a besarle todo el cuerpo, y en segundos lo tenía nuevamente dentro suyo, con la gloriosa pija que tanto le gustaba, bombeándole su hambriento culo de puta. Mientras el rubio le daba y le daba, haciéndola gozar, el morocho le besaba y chupaba las tetas, que lenta pero inexorablemente crecían para dejar de ser dos montículos y convertirse en dos gloriosos e hipersensibles melones. Ella gemía de placer, y en un rápido movimiento, hizo que el rubio quedara acostado en el piso, debajo de ella, sin dejar de cogerla, mientras que el morocho quedaba sobre ella, con la pija metida entre sus enormes tetas. Mirándolo con admiración, le dijo al morocho: "dejame que te haga una turca, hermoso. Quiero tu leche bañando mi cara." El morocho no se resistió, y dejó que la puta le pajeara la pija con sus tetas. No hizo falta mucho para que la leche volara sobre el rostro de la hermosa mujer, que acabó al unísono con el morocho, y pudo concentrarse en hacer acabar al otro. Cuando el rubio terminó de bombearle su leche dentro del culo, los tres quedaron agotados, acostados en el piso mirándose y riéndose.

Los dos hombres le dijeron: "y cómo te gustaría llamarte, hermosa?" Su respuesta fue inmediata: "llámenme Mara, la más puta del barrio." Los tres se rieron a carcajadas, y se besaron y acariciaron por un largo rato.


CAPITULO VI

Mara se despertó en su cama, entre sus sábanas de seda fucsia. Miró su habitación, y sonrió. Fue hasta su baño privado, y se duchó, tomándose todo el tiempo del mundo mientras enjabonaba su sensual cuerpo. Como todas las mañanas, se pajeó mientras pensaba en las pijas maravillosas que se la venían cogiendo todos los días.

Cuando salió del baño, se sentó frente a su dressoir, y se maquilló cuidadosamente. Finalmente, extrajo sus piezas de lencería más eróticas, y complementó con un largo vestido rojo, con tajo al frente y espalda descubierta, que marcaba sus portentosas tetas. Se calzó sus stilettos de 15 centímetros, y se paró a admirarse en el espejo.

Los dos musculosos entraron a la habitación, y se sentaron ambos en la cama. Miraron a Mara, que seguía admirando su increíble cuerpo en el espejo. Tenían el ceño adusto y la mirada seria. El morocho empezó a hablar:

- "Hola, Mara. Soy Marcos, y él es Miguel. Tenemos un video que nos gustaría que veas y después tenemos que explicarte algunas cosas."

Acto seguido, presionó play en un control remoto, y en la única pantalla que había ahora en la habitación comenzó un video. En él podía verse a un joven, flaco, siendo secuestrado en las vías de un tren, luego desnudado y atado a una silla, inyectado con algo, y luego siendo obligado a chupar pijas. Posteriormente era violado, hasta que paulatinamente iba entregándose a sus captores, siempre siendo inyectado con frecuencia, a medida que iba convirtiéndose en una hermosa mujer trans. En las escenas finales, Mara pudo reconocerse a sí misma. El video terminó, y Mara miró intrigada a los dos hombres. Marcos retomó la palabra:

- "Sí, Mara, esa es tu historia. Nosotros te convertimos en Mara. Vos eras ese flaco que caminaba por la vía del tren. Eso fue hace tres meses. Siempre quisimos desarrollar un proyecto de crear un burdel de mujeres trans pero que fueran putísimas voluntariamente, no como la mayoría de las mujeres trans que se dedican a la prostitución casi obligadamente, al no tener otra fuente de trabajo posible. Para eso, nosotros desarrollamos una droga, que hace que nuestro semen sea irresistible. Una vez probado, convierte a la víctima en adicto. Sumado a técnicas de control mental y drogas que aumentan la sugestionabilidad, moldeamos la nueva sexualidad. Finalmente, todo eso combinado con hormonas de rápida asimilación, convierte a nuestra víctima en una hermosa mujer trans, pero sexualmente hiperactiva e insaciable. Vos dirás: 'por qué yo?' El tema es que te elegimos porque investigamos tu vida, tus relaciones, y sabíamos que nadie te iba a buscar. Nos encargamos de que "abandonaras" a tu novia y ella no te buscara, y rescindimos tu contrato de alquiler. Presentamos una renuncia falsa en tu empleo, y le informamos a todos quienes te conocían que te habías ido a vivir a otro país. Que no querías más contacto con nadie, y que no te buscaran. Cosa que nadie hizo, como preveíamos. Preparamos también un burdel de lujo, con todos los servicios imaginables. Y armamos toda la publicidad online para captar clientes de máximo nivel. Esos que están dispuestos a pagar miles de dólares por una diosa del sexo como vos. La idea era que comenzaras a trabajar hoy mismo, pero la realidad es que hemos tenido un "ataque de conciencia". No podríamos obligarte a hacerlo. De alguna forma, hemos establecido un vínculo con vos. Si bien nosotros dos somos pareja, nos encariñamos con vos a tal punto, que no queremos obligarte a nada. Te entenderemos si querés irte, y sabemos que si lo hacés, nos vas a denunciar. Pero no podemos retenerte contra tu voluntad, Mara. Esta es la verdad."

Mara se quedó pensativa por largos minutos, mirando fijamente a los dos hombres. Finalmente, se puso de pie, caminó hasta la puerta, apoyó su mano en el picaporte, y girando su cabeza hacia los dos hombres que la observaban en silencio, les dijo:

- "Vamos, chicos. Los clientes no deben esperar."

Y salió hacia su nueva vida.

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