Como empezó todo

enviado por Carlita

Bueno, después de haber leído algunos de los relatos aquí publicados, confieso haber encontrado algunos puntos de coincidencia entre mi historia personal y la de algunxs de lxs chicxs que publicaron sus historias acá, especialmente con la historia de Mónica, autora del relato titulado "Mi tío". Tal vez porque mi iniciación fue a la misma edad que Mónica -doce o trece años- y también fue resultado de la calentura que un tío se agarró conmigo. Bueno, el hecho es que yo a esa edad, como muchos chicos, aún no tenía bien definida mi futura orientación sexual. Sólo recuerdo que compartía conversaciones "prohibidas" (estamos hablando de comienzos de los '50) con algunos de mis compañeritos de escuela que empezaban a experimentar el despertar de la curiosidad por ese por en aquel entonces confuso campo de la actividad humana llamado sexualidad. Yo, si bien no era afeminado, debo decir que tampoco daba el tipo del varoncito de mi edad: tímido, más bien callado, solitario, rehuía los juegos preferidos por mis compañeritos, en particular el más popular de todos ellos: el fútbol. Y acá entra en escena mi tío. Como mi padre estaba más bien ausente en mi vida (cuando no estaba trabajando la pasaba fuera de casa con sus amigos) este tío, a quien empecé a tomar mucho cariño, venía un poco a llenar ese vacio. Era muy divertido, me enseñaba muchas cosas y me hacía pasar muy buenos ratos. Lo que nunca me imaginé cuando me empecé a habituar a su trato es en qué iba a terminar todo eso, es más, ahora pienso que incluso en esa primera etapa de nuestra relación él ya tenía una gran calentura conmigo y ya tenía todo planeado acerca de cómo iba a terminar todo eso. Bueno, los primeros acercamientos sexuales comenzaron cuando hacía ya un tiempo que yo me había acostumbrado a pasar mis tardes en su departamento de soltero. Un día me dice que me iba a mostrar algo que estaba seguro que me iba a gustar. Me lleva a su dormitorio y saca de un ropero varias revistas que en cuanto me mostró las tapas, quedé encandilado: se trataba de revistas porno que, en esa época de férrea censura, eran prácticamente inconseguibles para la gran mayoría de las personas, menos aún para un niño como yo. A lo sumo hasta ese momento había alcanzado a ver alguna que otra publicación clandestina de origen nacional que había llevado a escondidas alguno de mis compañeros a la escuela, publicaciones de bajísima calidad, en blanco y negro y papel muy ordinario, todo lo cual hacía que las fotos fueran muy borrosas. Pero estas que me mostraba mi tío eran otra cosa: eran revistas importadas que él, como empleado de Aduanas, había podido obtener. Eran de una calidad superlativa, con fantásticas fotos en colores que mostraban muejeres desnudas en todas las poses, como hoy es habitual ver no solo en los kioscos sino en Internet, pero que en aquella epoca estaban vedadas a casi todo el mundo. Desparramó el pilón de revistas sobre su cama de dos plazas y se tendió en actitud de hojearlas, invitándome a acompañarlo a hacer lo propio. Yo, encandilado por lo que veía, ni lo pensé y no sospeché las intenciones que abrigaba mi tío: veía su actitud como algo natural, como una muestra más de la complicidad que hacia rato venia creciendo en nuestras relaciones, porque ya éramos como compinches, era mi padre, mi hermano, mi amigo. Bueno, el asunto es que empiezo a hojear las revistas cada vez más excitado, experimentando una erección como las que desde hacía relativamente muy poco había empezado a tener (en realidad, tenía tan poca información sexual en comparación con la que tiene cualquier chico hoy en día, que ni siquiera sabía que "eso" era una erección ni qué finalidad tenía desde el punto de vista de la fisiología sexual). De pronto siento que mi tío, que a todo esto había ido aproximándose cada vez más hacia mí con la aparente intención de mirar las revistas conmigo, comienza a acariciar suavemente mis piernas (en esa época era usual que los chicos de mi edad usaran pantalones cortos, dejando al descubierto la casi totalidad de las piernas yo, en particular, usaba unos muy cortos, que me dejaban al descubierto también buena parte de los muslos). Luego, con las yemas de los dedos apenas rozando mi piel, fue subiendo por la pierna hasta llegar al muslo, en una caricia que me resultaba enormemente placentera y que, de algún modo, yo ya presentía en qué iba a terminar. Luego introdujo sus dedos por debajo del borde del pantalón y siguió avanzando con sus deliciosas caricias hasta donde sus dedos se lo permitieron. Yo, a todo esto, tenía mi pequeño y lampiño miembro con una erección como hasta ese momento no había experimentado nunca. Hoy, visto a la distancia, se me ocurre que yo ya era un chico bastante perverso, al haberme prestado a este juego sexual con tanta naturalidad. Finalmente, mi tío logró meter bastante la mano por debajo del pantalón, hasta llegar a tocar con sus dedos mis genitales. Sin variar la lentitud ni la suavidad de sus movimientos, siguió acariciándome suavemente primero mis testículos y luego la base del miembro, hasta llegar a sujetarlo entre sus dedos y comenzar a realizar el movimiento de vaivén que yo, instintivamente, sabía y deseaba que iba a realizar. Yo no podia creer que pudiera estar sintiendo semejante placer: era la primera vez que experimentaba esas sensaciones provocadas por alguien que no fuera yo mismo (desde hacia poco había empezado a masturbarme) y ese hecho hacía que el placer que yo ya había obtenido de la masturbación fuera nada en comparacion con lo que estaba sintiendo ahora. Ademas, digamos que mi tio demostró ser un verdadero maestro en el arte de realizar caricias sexuales. Bueno, el hecho es que al rato de estar pajeándome el miembro, ocurrió lo que tenía que ocurrir: de pronto experimenté un orgasmo y eyaculé, a lo que mi tío me susurró al oído: -"¡Ah, ya volcás!". Pero yo todavía, a esa altura, ni sospechaba los planes que tenia mi tío. Eso era sólo el comienzo, su estrategia para romper el hielo atacando por mi flanco más débil, para llegar a lo que finalmente, con suma habilidad y con el tiempo, se las ingenió para llegar: hacerme su amante, su hembrita. Bueno, para abreviar diré que no tardó en llegar la ocasión en que, con no recuerdo qué excusa o motivo, convenció a mis padres que me dejaran dormir en su casa. Dada las características de mis padres y la total confianza que tenían en él, que nunca ni antes ni después había dado motivos para dudar de su persona ya que siempre supo mantener bien oculta su perversión, no le costó mucho convencerlos. Para ese entonces, el juego sexual descripto se había hecho algo natural entre nosotros. Esa primera vez que me quedé a dormir en su casa, yo ya me había acostado, apenas con el calzoncillo puesto ya que hacía mucho calor, cuando veo que el se acerca a la cama con la consabida pila de revistas y se mete debajo de las sábanas, pone las revistas delante mío sobre la cama y él se acuesta a mi lado, con su cuerpo bien pegado al mío en una posición parecida a la conocida como "cucharita". Entonces, mientras empieza a hojear las revistas pasando su brazo por encima mio y haciéndome comentarios al oído sobre lo que veíamos, siento la presión del bulto de su miembro bien erecto aplicado contra mis nalgas. Yo, en mi ingenuidad, no supe interpretar sus intenciones y atribuí el hecho a un contacto accidental, inevitable en la posicion en que estábamos. O tal vez sí intuí sus intenciones, no sé, sólo sé que me hallaba profundamente turbado porque por un lado no me podía resistir al enorme placer que mi tío me proporcionaba con sus sabias caricias pero por otro lado en todo momento tenía un enorme sentimiento culpa provocado por la conciencia de estar realizando un acto que yo oscuramente, en mi ignorancia, intuía como algo perteneciente al orden de lo pecaminoso, lo prohibido. Los escarceos sexuales se desarrollaron como ya era habitual con la diferencia respecto a las veces anteriores que me bajó los calzoncillos, cosa que yo dejé hacer porque instintivamente percibí que su mano, libre del obstáculo representado por esa prenda íntima, se movía con más libertad haciéndome gozar más. Una vez que, como de costumbre, me hizo acabar, siento que empieza a aumentar la presión de su miembro contra mis nalgas desnudas, al tiempo que escucho que empieza a susurrarme al oído, con voz trémula y ansiosa: -"¡Vos ya gozaste, ahora dejame gozar a mí! ¡Abrí las piernitas!". Yo estaba totalmente confuso: por un lado, esta novedad, este giro imprevisto en el ya habitual juego sexual que se venía repitiendo desde hacía tanto casi sin variantes, me dejaba perplejo. Ahora, a la distancia, veo que ese juego no había sido sino un "ablande", realizado por mi tío con magistral pericia, para llegar a la consumación de sus verdaderos propósitos, que recién ahora empezaban a salir a relucir. De pronto, en mí se desató un torbellino de sensaciones y sentimientos contradictorios. Oscuramente intuia que el nuevo reclamo de mi tio introducia una componente totalmente nueva en nuestros juegos "amorosos" -por así decirlo- que yo no alcanzaba a definir claramente si me gustaba o no. Lo que sí tenía bastante claro es que, habiendole permitido llegar al plano de intimidad a que habíamos llegado, me iba a resultar muy difícil impedir que siguiera avanzando, mas aún dada la total falta de decisión que me embargaba frente a sus nuevos reclamos, frente a la tremenda determinación, fruto de su enorme calentura, que él evidenciaba tener. Lo único que se me ocurrió para disimular la vergüenza que me provocaba la situación fue hacerme el dormido (en esto también encuentro un punto en común con el relato de Mónica en "Mi tío"), una "solución" obviamente ridícula,infantil, como si haciéndome el dormido creyera que me libraba de responsabilidad sobre mis actos. Bueno, el asunto es que no tuve demasiada tiempo para seguir debatiéndome en mis dudas porque de repente sentí el contacto de un liquido caliente sobre mis nalgas: mi tio habia acabado sobre ellas sin llegar a penetrarme, tal era la calentura que tenia. Mientras seguía representando mi papel de "dormido", sentí que mi tío se levantaba, iba hasta el baño y volvía con una tohalla con la que secó mis nalgas. Luego se acostó a mi lado y se durmió. Yo en cambio, pese a que seguía haciéndome el dormido, no pude conciliar el sueño ya que en mi mente se agitaban todo tipo de pensamientos, sentimientos y sensaciones, aunque cada vez percibía con mayor nitidez que todo el asunto me había dejado muy excitado y que realmente, pese a la conciencia de lo pecaminoso del acto que mi tio habia intentado consumar conmigo sin éxito, percibía claramente en mí un vehemente deseo de permitir a mi tio que avanzara. ¿Acaso hasta ese momento no me había hecho gozar como loco? ¿Porqué no dejarme conducir por él a alcanzar nuevas sensaciones, quizás más placenteras que las anteriores? La ocasión no tardó en llegar. Después de dormir un rato, seguramente para reponerse del orgasmo experimentado, mi tío se despertó y volvió a colocarse y colocarme en la posición enque estábamos antes, con su miembro duro pegado a mis nalgas y reclamandome, rogándome casi al oído: -"¡Abrí las piernas!". Yo, que ya estaba repuesto de la sorpresa de la primera vez y, como ya dije, durante el tiempo transcurrido me habia ido afirmando en la decisión de dejarme conducir por mi tio en la exploracion de ese terreno tan desconocido para mi que era hasta ese momento mi sexualidad, cedí a sus ruegos y abri mis piernas. Inmediatamente sentí la que la presión del extremo de su miembro se orientaba sabiamente hacia donde yo sabía que iba a orientarse: mi orificio anal que,instintivamente, procedí a relajar lo más posible. Acto seguido, sentí que la cabeza de su miembro, que sentí que mi tio habia procedido a lubricar con algo, comenzaba lentamente a abrirse paso dentro de mi culo, provocandome en el primer momento un enorme dolor, hasta el punto que no había siquiera introducir la cabeza de su pene que le tuve que rogar que parara y la sacara, cosa que hizo. Pero acariciándome cariñosamente con su mano mi cabeza, me dijo amorosamente: -"No seas sonso. Al principio duele un poco, pero pasado ese primer momento vas a ver que te va a empezar a gustar". Yo, confiado en lo hábil que se había mostrado mi tio hasta ese momento en eso de provocarme enorme placer sexual, decidí hacerle caso y someterme dócilmente a sus designios. Así, traté de relajar aún más mi esfínter para permitir una introduccion lo más indolora posible, cosa que logre a medias pues, si bien esta segunda vez pude permitir que la verga de mi tio penetrara por completo en mi culo, no pude dejar de experimentar un dolor bastante intenso que traté de aguantar en la creencia de que despues iba a ser como me habia dicho mi tio: solo placer. Debo reconocer que mi tio, que con esto tal vez evidenciaba poseer bastante experiencia en este tipo de práctica sexual, se manejó con bastante delicadeza, introduciéndome su miembro muy despacio y, una vez que lo hubo introducido todo, realizando los movimientos coitales con mucho cuidado a fin de no hacerme sufrir demasiado. Bueno, el hecho es que pese a que mi tío procuró en todo momento evitar movimientos bruscos como queda dicho, al cabo de un rato su respiracion comenzó a hacerse mas agitada para luego convertirse en un jadeo y sus movimientos de "bombeo" a hacerse más cortos y rápidos. De pronto escucho que me susurra al oído: -"¡Voy a acabar!" y casi acto seguido siento que detiene sus movimientos y, arqueando su cuerpo en un espasmo, deja escapar una especie de ronquido gutural de su garganta: había acabado en un tremendo orgasmo. A todo esto, desde el comienzo de la penetracion habiamos cambiado de posicion con él encima mio y yo tendido boca abajo sobre la cama. Después del orgasmo sentí como su cuerpo, que hasta hacía unos pocos instantes se sacudía en un frenético vaivén sobre el mío, se aflojaba completamente y descargaba todo su peso sobre el mio. Así permanecimos un rato que no puedo decir cuánto duró realmente, aunque para mi fue una eternidad. Al cabo de ese tiempo, retiró de mi culo su miembro ya fláccido y se tiró en la cama al lado mío, quedando profundamente dormido. Yo en cambio permaneci despierto, tratando de ordenar en mi mente el torbellino de sensaciones que perduraba aun después del acto. A partir de determinado momento del coito había comenzado sentir claramente, junto con las sensaciones dolorosas, unas sensaciones de placer físico bien definidas que fueron "in crescendo", como apuntando a un desahogo que, sin embargo, no habia llegado a producirse porque mi tío había acabado antes. Pero era claro que yo había quedado insatisfecho y con ganas de más. Además, a este placer físico se venia a sumar el placer psicologico de haber hecho gozar a mi tio como evidentemente lo había hecho gozar. Ambas componentes de placer se potenciaban mutuamente, y por ende ahora fui yo el que no pudo esperar mas tiempo antes de reanudar lo que yo sentía que al menos de mi parte habia quedado inconcluso. Por eso, ahora fui yo el que procuré con mis caricias excitar a mi tio. El habia quedado tendido boca arriba en la cama, desnudo, con sus genitales a la vista. Me incorporé y comencé a acariciar suavemente la piel de su pubis, acercándome con movimientos convergentes de mis dedos más y más a sus genitales. De pronto, sentí un impulso hasta ese momento desconocido en mí: teniendo sus genitales tan cerca de mi rostro, me vinieron unas ganas incontenibles de besarlos. No resistiendo la tentación, acerqué mis labios a su miembro y lo besé. Entregado al imperio de mis instintos, a continuacion comencé a lamerlo, recorriéndolo en toda su longitud con milengua, primero hacia abajo hacia los testículos, que lamí con goloso deleite y luegohacia arriba hacia el glande al llegar al cual lamí con particular deleite, sabiendo por experiencia propia que alli se encuentran los centros más sensibles del placer. Sabiendo eso, pasé mi lengua delicadamente por los bordes del glande hasta llegar al frenillo, el centro máximo del placer. Llegado aquí, no pude contener más mis ansias e introduje el glande en mi boca acariciándolo con mi lengua y mis labios en los lugares que yo sabía le podía provocar el máximo placer, mientras con una mano sujetaba firmemente el tronco del pene realizando sobre el mismo movimientos masturbatorios de vaivén. Mis acciones no tardaron en dar resultado ya que al poco tiempo senti que el miembro comenzaba a ponerse duro nuevamente, mientras mi tío comenzaba a emerger del sopor en que había caido como resultado de su orgasmo, movia su cabeza de derecha a izquierda y su cuerpo experimentaba contracciones, mientras dejaba escapar gemidos de placer. Al cabo de un rato así, se incorporó y me preguntó: -"¿Querés hacerlo de vuelta?". Yo no contesté nada: sólo me limité a volver a adoptar la posición que tenia un rato antes, invitándolo a penetrarme nuevamente. Esta vez el dolor fue minimo, en cambio las sensaciones de placer fueron realmente enormes y fueron "in crescendo" hasta que finalmente pude llegar a un orgasmo: había logrado gozar como una hembra. Mi tio ya no era mi tio, ni un padre ni un amigo como lo había podido sentir al comienzo de nuestra relacion. Ahora era mi macho, y mi mayor placer era darle placer a mi macho. Como ustedes fácilmente podrán imaginar, a partir del momento en que gracias a mi tio se desperto esta poderosa componente femenina en mi, los hechos se sucedieron en forma vertiginosa. Una vez que logré identificar perfectamente mi fuente de placer sexual en la entrega pasiva a un hombre, el resto vino por añadidura. Durante los primeros años de nuestra relacion, mi tio me compro con regularidad ropa femenina, tanto prendas de vestir como prendas íntimas y hasta lencería erótica, que empecé a ponerme durante nuestros encuentros furtivos en su casa, en los momentos previos al encame. Al principio gozaba poniéndomela por el solo hecho de ver cómo el verme vestido asi lo excitaba. Después empecé a sentir placer voluptuoso por el solo hecho de ponérmela: el sólo hecho de verme en el espejo convertida en una sensual mujer bastaba para excitarme, excitación que luego se potenciaba al máximo cuando veía cómo mi aspecto tan femenino y sensual lo excitaba a él: en esos momentos todo en su actitud, en su mirada, dejaba traslucir su vehemente, incontenible deseo de poseerme. En esos momentos todo lo demás desaparecía: sólo quedaba el macho excitado ansioso por cogerse a su hembra. Pero paralelamente a esta transformacion exterior, se fue operando una profunda transformacion interior en mi, en virtud de la cual fui desarrollando instintos cada vez más netamente femeninos. Con el tiempo y mi emancipación, vinieron las hormonas, las cirugias, etc., que me llevaron finalmente a ser la exhuberante mujer que soy hoy: Carla.

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