Connie, mi sobrino trava

enviado por Carla

Hace ya muchos años que ocurrió esto. Hoy lo recuerdo con el terrible dolor del hecho de que ya no pueda ocurrir nada de lo que viví entonces. Fue una experiencia asombrosa para mí y para Connie, mi sobrino de once años que comenzó conmigo su carrera famosa de travesti del espectáculo.

No hay persona del país que no conozca a Connie, la travesti. ¿Pero cómo empezó a modelar su increíble femineidad, a construir esas formas y maneras de ser que han cautivado a tantos espectadores en sus shows y presentaciones?

Todo comenzó cuando la hermana de mi esposa trajo a su hijo Ray de once años de edad a mi finca para que lo hiciera trabajar y tomar contacto con las tareas rurales. Había en ese pedido dos objetivos, sacarse de encima al niño en el verano y poder divertirse tranquila con sus amantes y tratar de que el niño dejara de ser tan delicado y afeminado y se pusiera en contacto con las tareas rudas del campo.

Desde el inicio de nuestro contacto vi que Ray ni siquiera podría levantar una bolsa pequeña cargada de algodón. Era un niño extremadamente delicado, rubio, con unos ojos celestes hermosísimos y una boca pequeña y de labios muy rojos. Fue para mí una especie de carga tener que soportar al muchacho, pero también era un cambio en mi rutina diaria de trabajos con empleados y maquinarias que nada aportaban de belleza a mi vida.

Ray casi no hablaba y cuando lo hacía parecía una niña. Al principio hasta me causaba risa, lo admito. Luego me fui acostumbrando y hasta él mismo se hacía burla de tal situación. Por las mañanas lo debía dejar solo para que yo pudiera trabajar hasta entrada la tarde. Pero un día en el que me sentía realmente mal del estómago, volví a la casa sorpresivamente y vi que Ray, que no me esperaba hasta más tarde, estaba tirado en un sillón jugando con unas muñecas, vestido con una corta falda y con su cabello recogido con unas hebillas que dejaban su largo cuello al descubierto. Cuando me vio se sintió horrorizado. Quedó petrificado mirándome a punto de llorar.

Mi sensación en aquel momento fue primero de sorpresa, pero luego fue de verdadera admiración por su estética. La verdad era que Ray quedaba muy bien con su pelo recogido, su falda cortísima que dejaba ver sus piernas blancas y con una muñeca entre sus brazos. Se trataba de una verdadera niña.

Finalmente Ray se largó a llorar desconsoladamente y comenzó a pedirme por favor que no contara nada a su madre de lo que estaba viendo. Mi actitud en tal situación fue la de consolarlo y escuchar lo que quería decirme. Ray me relató toda su vida, tan corta por cierto, en la cual describía sus tardes solitarias caminando por toda la casa con las ropas de su hermana que había dejado en la casa antes de irse a vivir con su padre.

A mí me había gustado tanto esa imagen de Ray que le dije que en mi casa y durante el verano podría vestirse como quisiera, que a mí no me molestaría en absoluto. Que inclusive le compraría lo que quisiera para que se vistiera como más le gustara. A cambio de ello no debía contarle nada a su madre, la hermana de mi difunta esposa. Ray aceptó instantáneamente y comenzó a pedirme una serie de cosas para que esa misma tarde se las comprara en la ciudad. Hizo su lista con todo lo que quería y recién al otro día, repuesto de mis dolencias estomacales, fui a comprárselas.

Cuando llegué a la casa con todos los artículos que me había pedido, recuerdo que me estaba esperando con la falda cortísima que se había traído y con las mismas hebillas de la mañana anterior. Entonces saltó y se colgó de mi cuello y comenzó a besarme por todo el rostro lleno de emoción y felicidad por lo que le estaba trayendo. En ese mismo momento confeso que tuve una erección tan repentina y pronunciada que hasta el niño la notó.

Luego se encerró en su habitación y comenzó a desenvolver todas las cosas que le había traído. Allí estaban sus zapatos de niña, sus cortas camisetas de colores, sus medias de nylon, sus pinturas para maquillarse y hasta sus perfumes de mujer que tanto le gustaban. Al cabo de unas horas Ray apareció vestida de niña ante mis ojos que quedaron estupefactos. ¡Estaba bellísima! ¿Cómo lo había logrado el maldito muchacho? Era una especie de ángel que descendía la escalera mirándome de manera provocativa.

Cuando la recibí junto al sillón donde la había encontrado el día anterior, lo primero que le dije fue que ya no podría llamarlo Ray, que debería llamarlo y tratarlo como a una niña. Entonces me dijo que ahora lo llamara Connie, tal cual se sigue llamando luego de varios años.

Connie estaba hermosa. Era la niña de ensueños que cualquiera quisiera tener en sus brazos para penetrarla hasta el cansancio y desgarrarla con cada embestida. Era la niña que mi subconsciente estaba buscando para penetrarla por el culo hasta la garganta. Connie, la que sería el amor y maravilla de mi vida estaba ahora parada frente a mí, mostrándome su candor y belleza en su mejor momento de niñez.

Ese primer día y los siguientes Connie se paseaba por toda la casa canturreando y parloteando como una niña traviesa y juguetona. Me mostraba lo bien que le quedaba cada vestimenta que le había comprado y lo bien olía con los perfumes que usaba. Pero un día no aguanté más y la tomé por la cintura. Desaforadamente comencé a besarla metiéndole mi lengua en su boca hasta que casi la dejé sin respiración. No paraba de decirle puta, perversa, diosa y ángel de mi vida. Todo eso era lo que me inspiraba tal criatura travestida. Ella estaba realmente asustada, se trataba de cosas demasiado nuevas las que estaba viviendo en ese verano.

El sabor de su suave saliva y de sus labios pintados eran afrodisíacos para mi vida. Quería comerla literalmente, disfrutarla hasta el final. Connie no sabía qué hacer y tuve que explicarle lo que quería y lo que me gustaba que me hiciera. Recuerdo que le pedí que me llamara mi amor y dejara el formalismo de tío. Escuchar de su boquita que se dirigiera a mí diciéndome mi amor, era suficiente para que mi pija se pusiera dura como una bate de baseball.

Mis manos se metían salvajemente por debajo de sus faldas y la manoseaba durante largo rato mientras me masturbaba. Mis manos se llenaban tocándole su pequeño miembro y sus testículo a los que a veces me metía enteros en mi boca. Pronto comprendí que me estaba volviendo loco por Connie y que Connie no tenía voluntad para oponerse a nada que le pidiera, aceptando mi voluntad sin decir ni una palabra de negación.

La primera vez que la penetré le dije que esa misma tarde la convertirá en una mujer de verdad, pero que debería estar dispuesta a sufrir su primera penetración en su culito. Ella me sonrió y se encogió de hombros, como espectante por lo que ocurriría con ella. Así que decidí en esa primera vez, chuparle su culo durante varios minutos hasta que la niña travesti se puso bien cachonda a la vez que le metía mis dedos en su agujero que ya comenzaba a estar acostumbrado a recibir penetraciones. Cuando terminé de masturbarme y vi que tenía mi miembro gigantemente erecto se lo apoyé en el agujero y comencé a metérselo lentamente. Connie gritó de dolor, se aferraba a las sábanas de la cama y mordía la almohada mientras las dejaba rojas por el lápiz labial que se había puesto. Lloraba desconsoladamente, pero la pija iba entrando y la iba perforando de a poco. Eso era lo que estaba esperando desde que la había visto bajar la escalera, perforarla hasta lastimarla y dejarla dolorida por varios días. Y lo estaba logrando, cada vez la estaba empalando más y más y mi pija se iba perdiendo dentro de su culo. Hasta que mis testículos llegaron al borde de su agujero y vi que lo había logrado. Connie no daba más del dolor y sus lágrimas ya habían humedecido toda la almohada.

Aquella primera vez recuerdo que saqué la pija de su culo y se la pasé por toda su cara, obligándola a que se la tragara hasta que no pudiera más con su respiración, cosa que ocurrió, eyaculándole toda mi leche dentro de su garganta. Connie estaba casi asfixiada por semejante pedazo que le había metido y por tal cantidad de leche, que la había echo atragantar.

Durante varios días caminó con dificultad, le costaba sentarse y me pidió por favor que no lo hiciera más. Pero nada más alejado de su pedido. Unas tardes después de aquella primera vez, volví a penetrarla con más saña y más violencia verbal. Me excitaba terriblemente decirle que era una puta de mierda, puta reventada a los once años, puta yegua y no recuerdo qué cosas más.

La golpeaba con fuertes bofetadas si no hacía lo que yo le pedía y la castigaba amordazándola y atándola de pies y manos, dejándola desnuda en la cama. Ella lloraba dulcemente y a mi me enternecía, la desataba y la llenaba de besos en todo su cuerpo. Pero acto seguido la volvía a penetrar como un salvaje, la violaba hasta que mis más bajos instintos estuvieran satisfechos. La travesti pequeña había entrado en una vida de horror para ella quizá, pero yo estaba en el mejor momento de mi vida y le hacía las barbaridades más bajas que se me ocurrían.

Recuerdo que una vez la llevé al establo vestida como si fuera a ir una misa o un paseo dominguero por el pueblo. Estaba más hermosa que nunca, entonces traje a uno de mis mejores caballos y la obligué a que le chupara la verga al caballo. Al principio se resistió pero la golpeé en su rostro y con sus ojos llenos de lágrimas se arrodilló debajo del caballo comenzó a chuparle la pija con sus pequeña boquita. Yo me senté tranquilamente frente a la escena y comencé a masturbarme lentamente, estaba extasiado, era lo mejor que estaba viendo en mi vida. La muy puta de la travesti de once años se pasaba la pija enorme y erecta del caballo por toda su cara. Con sus manos lo masturbaba frenéticamente mientras yo seguía dándole indicaciones. Le pedí que se levantara su vestido y me dejara ver su ropa interior, cosa que hizo inmediatamente. El caballo le eyaculó en su rostro y en ese momento le pedí que abriera grande la boca para que se tragara la leche del caballo que la inundó literalmente con los largos chorros de esperma que le soltó en la cara. Connie quedó empapada de semen y así la hice caminar hasta la casa sin dejar que se limpiara ni una gota de la leche del caballo.

Fue hermoso aquel verano. Haberla tenido a Connie mi disposición fue la mejor experiencia de mi vida. La golpeaba e insultaba todas las tarde, la penetraba violentamente dejándola lastimada y tirada en la cama. No hubo día en el que le hiciera tragar mi leche o le eyaculara en su comida obligándola a utilizarla como si fuera mayonesa, a que mojara allí su pan o el pedazo de pescado o carne que comiera.

Sí, fue maravilloso. Y lo mejor de todo es que cuando terminó el verano, Connie me agradeció todo lo que había hecho por ella, me pidió que la visitara durante el año y que no dejara de escribirle o llamarla por teléfono, lo que hice hasta el próximo verano donde Connie ya estaba más puta que nunca y ahí comenzó a ser ella la pervertida, haciéndome hacer cosas que jamás había pensado hacer. Pero ella me amenazaba que si no accedía no la vería más.

Connie hoy es famosa y querida en su público, es la más hermosa travesti de la actualidad. Quizá de todo los tiempos y no exagero. Pero ya no me ama ni me desea, he crecido, ya no soy el hombre de hace diez años y ahora necesita más y mejor. Igualmente y sin ella darse cuenta me sigue dando placer cada vez que la veo en sus shows o veo sus películas porno, entonces me masturbo pensando en aquella tarde en que la lastimé penetrándola por primera vez, atragantándose con mi leche hirviente. Podrá ser la más famosa y tener hombres más jóvenes y apuestos que yo, pero esa tarde solamente hubo un hombre del que jamás se olvidará: su tío del campo.

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