Relato erótico titulado:
"Travestida fuí violada"

Relato erótico acerca de travestis, fantasias de transexuales y chicas trans enviado por anónimo

Hola!!!, Mi sobrenombre es Aída, algunos de ustedes ya me conocen. He sido una chica trevesti de closet toda mi vida, no quiero aburrirlos diciéndole los pormenores de mis inicios en el travestismo, creo que de una u otra manera no es muy diferente a como muchas de nosotras nos hemos iniciado en este torbellino de sensaciones, tratando de vestir las ropas de nuestras hermanas o de nuestras madres cuando ellas no se encontraban en casa. Ahora cuento con 26 años de edad y a pesar de que desde hace ya algún tiempo he logrado la independencia económica, no he querido separarme todavía de mi familia.

Hola!!!, Mi sobrenombre es Aída, algunos de ustedes ya me conocen. He sido una chica trevesti de closet toda mi vida, no quiero aburrirlos diciéndole los pormenores de mis inicios en el travestismo, creo que de una u otra manera no es muy diferente a como muchas de nosotras nos hemos iniciado en este torbellino de sensaciones, tratando de vestir las ropas de nuestras hermanas o de nuestras madres cuando ellas no se encontraban en casa. Ahora cuento con 26 años de edad y a pesar de que desde hace ya algún tiempo he logrado la independencia económica, no he querido separarme todavía de mi familia.

En todo este tiempo, poco a poco, he podido realizarme y hacerme de la ropa que a mi me gusta y me hace sentir tan sensual cuando estoy sola. Vivo en una zona conurbada a la Ciudad de México, cerca de la renombrada Ciudad Satélite, un sitio nada fuera de lo normal excepto por el snobismo generalizado de muchos de sus habitantes.

He estado acostumbrada a llevar una doble vida desde hace casi 20 años. Mis amigos y amigas de trabajo piensan que soy una de las personas más objetivas y centradas que ellos han conocido, pero al llegar a casa y encerrarme en mi recámara, me transformo en alguien completamente distinta, en alguien cuyos deseos de ser toda una mujer la han llevado a experimentar la autosatisfacción sexual a sus límites. Una de éstas experiencias la tuve relativamente hace poco tiempo.

En Enero de este año, tuve la necesidad de ir a comprarme unos zapatos nuevos, así que aproveché la hora del almuerzo de la oficina para ir al almacén a escoger algunos que me gustaran. Después de un rato de calzarme algunos modelos, tomé los que mejor me gustaron y me dirigí a pagarlos a la caja. De pronto, mi mirada se vio atraída ante unas hermosas zapatillas de tacón muy alto, eran las zapatillas más hermosas que jamás había visto, eran de piel negra, su tacón media no menos de 12 centímetros, la punta era cerrada y el talón semi descubierto, ya que estaban adornadas con sutiles correas que sujetaban el talón y los tobillos. A pesar de que mi presupuesto para calzado era muy restringido, decidí comprarlas. Le dije a la intendenta que serían un regalo, así que ella me los envolvió con un coqueto moño rosa sobre la caja.

Esa misma noche al llegar a casa del trabajo, no perdí tiempo y corrí a mi habitación para ponérmelas. Llegué, me senté sobre la cama, desnudé mi pie y enseguida me coloqué una de ellas; al vérmela puesta, sentí como cada centímetro de mi cuerpo vibraba. Por lo que de inmediato decidí comenzar con mi rito de transformismo, como era viernes, no me importaba demasiado en desvelarme para estar a solas con mi íntimo secreto. Dentro de mi armario, tengo un cajón en donde aparto toda mi ropa femenina, opté por vestir completamente de negro para combinar perfectamente con mis nuevas zapatillas, además de que es un color que me hace lucir elegante, misteriosa y sensual. Saqué de ahí unas braguitas negras con refinado encaje y un discreto sostén con el que coordina perfectamente, de otro cajón saqué un par de medias negras con ajuste elástico para los muslos y un vestidito negro el cual se pliega sensualmente a mi cuerpo y adorna mi espalda con tirantes en los hombros, el vestidito provee una sutil caída hasta la mitad de mis muslos. Antes de vestir todo aquello, tomé una refrescante ducha para quitarme aquel arduo día de trabajo, de inmediato empecé a vestir cada una de aquellas prendas.

El rictus inicia desde el mismo momento de tomar las pantaletas, una deliciosa prenda, sedosa, misteriosa, suave, elegante y mágica. Al tocarla, me siento temblar, y más aún cuando la recorro por entre mis piernas. Al llegar a su destino, basta con ocultar entre mis piernas la característica de mi género y presionarlo hasta que aquellas bragas se encargan de mantenerlo fuera de la vista, dejando tan solo un vientre liso, terso, bien formado y proporcionado. Mi exacerbada excitación hace que tome aquel satinado sostén, envuelvo mi torso con su vaporosa tela, acomodo dos aumentos en mis senos para realzarlos y hacerlos exuberantes, coloco los tirantes negros sobre mis hombros, don pequeños trazos rectos que embellecen grandemente el tono matizado de mi espalda.

Me siento en el filo de la cama, tomo las medias, la más preciadas de mis prendas, introduzco mis manos y brazos entre ellas, las observo, contemplo extasiado su elástica consistencia y si hipnotizante transparencia; enseguida, las empiezo a enrollar hasta llegar a la punta, y comienza el su recorrido por entre mis piernas. Mis dedos de los pies cubiertos se ven hermosos cubiertos por aquella prenda, continuo avanzando por la planta del pie, voy sintiendo la suavidad y gozando su textura. Llego al talón; el pie esta cubierto. Separar los dedos y moverlos dentro de su fina presión, que sensación, es fantástico. Avanzo, no me detengo, desenvuelvo aquella femenina indumentaria por la espinilla, llego a la rodilla, hago una pausa para asegurarme con la palma de mis manos que vaya quedando bien ajustada, desde la pnta de mi pie hasta la coyuntura de mi pierna. Remato la excitante situación ajustando mis medias a mitad de mis muslos, un encaje elástico los presiona suavemente, presumiendo el contraste entre la vaporosa textura negra y el tono clro de mi piel.

Repito la misma operación con la otra pierna. Mi pene me duele, ya que trata de lograr su máxima erección, pero descubre que se encuentra atrapado entre mis muslos y el nylon de aquellas sedosas pantaletas, pero trato de no excitarme, pues falta lo mejor; vestir mis zapatillas nuevas. Inicio deslizando la planta de mi pie sobre la resbalosa plantilla de aquel provocativo calzado. Siento como poco a poco se amolda perfectamente a mis pies; con sutil encanto ajusto las correas alrededor de mis talones y mis tobillos. Estoy que ardo. Es una sensacion extraordinaria; mi corazón late con fuerza y un temblor inquietante embarga mi cuerpo. Al levantarme de mi cama me veo al espejo; me excita tan solo verme durante aquel proceso de transformación. Como mi cuerpo es muy esbelto nunca he tenido problemas en lucir femenina. Finalmente tomo aquel vaporoso vestidito negro, lo introduzco por mi torso y lo dejo caer cubriendo automáticamente mi espalda y mis caderas hasta la mitad de mis muslos. Camino un poco por la habitación. Voy rozando mis piernas y trato de escuchar la fricción que provocan mis medias. Es una melodía afrodisíaca, exótica. Empiezo a jugar con mis zapatillas. Me imagino estar en un lugar público y ser testigo al mismo tiempo de todo aquel escenario. El cosquilleo que normalmente experimentaba al verme travestida ahora se manifestaba con fuertes punzadas en un pequeño punto debajo de mi ano. Tuve las incontenibles ganas de masturbarme ahí mismo, pero supe aguardar hasta estar completamente travestida. Saqué mi estuche de maquillaje y mi tocado de cabellos rizados; los años me han hecho experimentar de mil formas la mejor manera de maquillarme y peinarme como toda una mujer, por lo que ahora más que nunca puedo lucir tan afeminada como cualquier chica.

Al ver finalmente mi imagen en el espejo, no pude evitar sentirme nuevamente excitada, un regaderazo de placer y de erotismo, en esos momento siempre pensaba, ¿Habrá una mujer en el mundo que comparta con igual placer estos mismos momentos?. Empecé a sentir como se humedecía mi entrepierna, comenzaba a secretar los fluidos seminales previos a un orgasmo. Tuve que detenerme y relajarme, ya que quería que apenas aquel fuera el inicio de mi gran noche de erotismo. Y como el buen sexo, no basta con querer sentir una extrema satisfacción en los primeros momentos, ya que éstos suelen ser breves, sino dejar que poco a poco que vaya madurando hasta lograr el punto del verdadero clímax. Pero aquella vez no podía apartar de mi mete querer verme travestida fuera de aquellas paredes. Con anterioridad, ya me había tomado unas fotos y las había publicado en internet, la respuesta por varios admiradores no se dejó esperar, muchos me escribieron para tratar de conocerme, algunos más querían citarse conmigo y , los más atrevidos, querían tener relaciones sexuales de alguna u otra forma, en fin, para mí lo importante no era lo que querían conmigo, sino su punto de vista con respecto a mi apariencia, la cual era evidente les provocaba el éxtasis y el deseo. Pero desde hacía ya algún tiempo había pensado seriamente en salir travestida a las calles, sentía nada más de pensarlo, un placer indescriptible, pero el temor de ser descubierta me detenía por completo.

Pero aquella noche me sentía completa, plena de realizarme como la mujer, con la seguridad de que nadie se daría cuenta de quién era realmente. Sin más que meditar, sobre aquella ropa me puse unos pantalones y una chamarra con capucha para cubrir mi peinado, ya que a pesar de que ya era tarde, no quería que alguien de mi casa me viera con aquella indumentaria. Tomé las llaves de mi auto y en silencio me dirigí a la cochera, como ya pasaban de media noche, sabía que ninguno de los vecinos saldría. Ya en mi automóvil, me quité la chamarra y el pantalón, los aventé al asiento trasero y empecé a transitar como si nada. El saberme conduciendo en la ciudad vestida de esa manera me excitaba enormemente, no tenía un rumbo fijo, tan solo parecía que buscara dentro de todo, un sitio sin tanta gente, aquella contradicción me embargaba, quería que alguien me admirara, pero a la vez me daba pena de que alguien me viera. Al poco rato decidí que trataría de hacerlo en un lugar definitivamente poco transitado. Así que me alejé de la ciudad y me dirigí a una zona industrial. Estacioné mi coche en un sitio poco alumbrado y apagué el motor, al quedar todo en silencio, sentí como mi pecho vibraba del miedo y la emoción, no sabía como es que me había animado a tomar aquella decisión. Aguardé casi una hora sentada sin animarme a salir ya que una ligera llovizna caía de forma constante, algunos transeúntes que evidentemente eran obreros saliendo de su trabajo, pasaban sin darse cuenta siquiera de que yo estaba ahí. Conforme más tarde se hacía, menos gente pasaba. Como ya había dejado de llover, sentí que ese era el momento adecuado para salir. Al abrir la puerta del vehículo, sentí como la helada noche abrazaba mis piernas cubiertas con el velo de mis medias y como en mi cuerpo se trasminaba el frío por mi ligero vestido, como si fuera en cámara lenta me fui bajando del auto, nerviosamente miraba para todos los lados.

Finalmente me levanté, giré y cerré la portezuela, al hacerlo pareció que aquel sonido fuera un cañonazo que avisaba a todos que ya había llegado, pero en pocos segundos el silencio volvió a reinar en el lugar. Tal parecía que yo era la única en aquel lugar, no pude evitar sentir algo de miedo, pero el éxtasis me invitaba a seguir con todo aquello. Empecé a caminar de forma titubeante por aquellas calles, no quería que mis tacones me delataran, pero lentamente me fui sintiendo en confianza, caminé un largo tramo sin que me topara con nadie, hasta que me topé con dos hombres que venían a mi encuentro, eran de mediana estatura y estaban aún vestidos con sus overoles de trabajo, al verme empezaron a chiflarme y a decirme varias majaderías, pero que a mi me parecían excitantes. Tras caminar un par de cuadras decidí regresar, como era la primera vez que me paseaba así por las calles, creí que aquello era suficiente para empezar. Al llegar a mi auto y justo cuando iba a subirme a él, detrás de mí se encendieron unas luces y una torreta. ¡Era un auto patrulla de policías!, apenada me subí rápidamente a mi vehículo, pero de igual forma se me acercó uno de los oficiales, éste era algo regordete y de mediana edad. Me pidió que bajara la ventanilla, a lo cual no tenía otra opción más que de obedecer. –"Buenas noches"- me saludó aquel policía, yo traté de agudizar mi voz para parecer más femenina, -"Buenas noches oficial"-, -"A ver jovencita, que esta haciendo a estas horas de la noche en un lugar tan peligroso"-, sin más que decirle, le dije nerviosamente que tan solo estaba paseando. Por mi reacción, aquel hombre empezó a alumbrar con su linterna el interior de mi coche por lo que enseguida se percató de mi ropa que estaba en el asiento posterior, - "Muy bien señorita, bájese de su automóvil y muéstreme su licencia de manejo"-, sin saber que hacer, ni que decir, bajé de mi auto, al hacerlo, el policía alumbro mi cuerpo para observarme con cuidado.

Pude ver como me miraba de forma lasciva, deseosa y pecaminosa. Al principio no pudo percatarse de mi verdadera sexualidad, sino hasta que vio mi licencia de manejo. Quizá apenado, extrañado o avergonzado, confirmó de que no yo no era lo que parecía ser. –"¿Porqué hace estas cosas?, ¡No ve que son faltas a la moral!"-, todavía quise defenderme diciéndole que no había nadie a quien yo insultara, pero me interrumpió para decirme que aquella falta merecía que me llevaran ante un Juez calificador. Yo me puse muy nerviosa al escuchar aquello, por lo que le pedí de favor que no lo hiciera. El compañero, un poco más joven y delgado, se acercó diciéndome que por aquella falta mínimo ameritaba 24 horas de arresto. Me dijeron que tomara mi pantalón y mi chamarra y me metieron en el asiento trasero de su auto patrulla, a pesar de todo aquello, yo no perdía la compostura, seguía luciendo tan femenina como ninguna.

Me retuvieron media hora dentro de aquel auto mientras ellos parecían planear algo. Después de ese tiempo, el policía regordete se me acercó y abrió la portezuela izquierda para preguntándome el porqué yo hacía aquello, apenada le respondí que me gustaba verme y sentirme de esa forma, que no pensaba que pudiera lastimar u ofender a alguien haciendo aquello en un lugar tan solitario. El otro policía abrió la otra portezuela para decirme que a ellos no les tocaba decidir eso, sino al perito en turno que estaba en la estación de policía. Casi sollozando les pedí de favor que no lo hicieran que era la primera vez y la última que lo haría. Uno de ellos se rascó la barbilla mientras que le decía a su compañero, -"¿Como la vez Compadre?"-, el otro se dirigió a mi para decirme, -"¡Pues usted dice como nos arreglamos!"-, en aquellos momentos esas palabras fueron como música para mis oídos, de mi bolso de mano saqué mi cartera y un billete para ofrecérselos. Al verlo, uno de ellos dijo. –"¡Nooo, con eso no alcanza!, ¿Verdad compañero?, Rásquele más, sino ¡Vamos a tener que llevárnosla!"-, saqué otro billete de menor denominación, traté de convenceros de que era todo lo que tenía ,pero aquel oficial exclamó, -"Pues si no puede usted de alguna forma, nosotros vamos a tener que cobrarnos de otra, ¿No es cierto compañero?"- al decir eso, el oficial que estaba a mi izquierda se empezó a desabrochar los pantalones, bajó su bragueta y de ahí enseguida emergió una enorme verga, entre aquella trémula iluminación, se podía apreciar como aquel miembro ya lucía completamente erecto, yo me asusté, pues sabía cuales eran las intenciones de aquellos hombres, el policía reordete me tomó por la cintura. Me dijo que no me opusiera porque sino yo ya sabía las consecuencias.

A la fuerza me volteo de tal forma que mis piernas quedaron apoyadas en las cinta asfáltica de la calle y mi torso sobre el asiento trasero de la patrulla, de un solo movimiento me levantó el vestido y me bajó las bragas, pude sentir como el viento frío de la noche rodeo mis nalgas, enseguida trató de montarse sobre de mi. Yo, le decía que me soltara, pero él me cuchicheaba al oído, diciéndome, -"Te voy a convertir en una verdadera mujer, me encanta cómo te ves, y no grites que nadie te escucha"-. En ese momento, al sentir algo duro que hacía presión sobre la ranura de mis nalgas, me di cuenta de lo que iba a pasar. Es difícil separar lo que sentía en ese preciso momento, era una mezcla de miedo, de pánico, pero también algo de placer al sentirme acariciada como si fuera una mujer. El otro policía parecía vigilar que nadie se acercara, pero no era necesario, ya nadie pasaba por ahí a esas horas, pero de todas formas me advirtió -"no grites o de todas formas te llevamos"- Ante esa amenaza, me callé y sólo les dije que no me hicieran daño. Él otro policía se deleitaba conmigo besándome el cuello y, con sus manos, me acariciaba el vientre y mis caderas, mientras me decía que no me preocupara, que sentiría un placer único.

Al ver que yo ya no oponía resistencia, me dejó tendida sobre el asiento, se paró y se bajó por completo los pantalones, dejando ver totalmente el tamaño de su verga, la cual brillaba de lo dura que se estaba. entonces sentí como ensalivo mi culo para lubricarlo, yo ya estaba dispuesta a recibir la tremenda embestida pues acababa de ver el tamaño de su miembro y me preguntaba si verdaderamente pensaba en meterme todo aquello en mi culo.

De pronto, sentí como aquel enorme pene se abría camino entre mis nalgas; como me encontraba empinada, mis rodillas en el piso de la calle y mi torso recostado en el interior del coche, toda mi intimidad estaba frente a él con mis piernas abiertas y mis nalgas bien paradas, entonces sentía que me partiría en dos, yo me movía incontrolablemente, trate de zafarme echándome para delante, pero fue inútil, estaba atrapada entre aquel obeso hombre y el automóvil, situación que aprovecho aquel abusivo policía para insistir en meterme su miembro. Repetidas veces intentó hacerlo, pero sin ningún resultado. Yo estaba deseosa de que cediera ante su incapacidad de lograrlo, pero no se detuvo hasta que de un momento, sentí como la cabeza de aquel falo se introdujo por mi ano, enseguida de un artero empujón lo empujó completamente dentro de mí, un chillido escapó de mi garganta, y hasta algunas lagrimas rodaron por mis mejillas, pero yo sabía que aquello apenas era en principio; de pronto el empezó a sacarlo y sentí un poco de alivio, pero de nuevo lo introdujo, siguió repitiendo ese movimiento haciéndolo cada vez mas rápido y cada vez que lo metía lo empujaba con más fuerza, yo me arqueaba no sabía si de dolor o de placer, nunca había experimentado esa sensación tan intensa entre el placer y el dolor con tanta excitación, cuando yo intentaba soltarme ó hacia algún gesto de dolor, ó se me escapa algún gemido, él me decía; "Tranquila mi niña, ¿Querías saber lo que se siente ser mujer verdad?, pues prueba mi verga, te voy a dar verga hasta que me harte", él continuó cogiéndome durante un largo rato, al tiempo que yo seguía convulsionada con ésa dulce mezcla de placer y dolor.

Claro que después de aguantar largamente tan violentas embestidas, ya sentía dolor en mi pequeño culo, sin embargo él no tenía contemplaciones para conmigo. Así continuó fornicándome, no recuerdo durante cuanto tiempo, hasta el instante en que parecía querer atravesarme por completo, por un segundo me tomó fuertemente con ambas manos por los extremos de mis caderas para tratar de enterrar al máximo su verga al mismo tiempo en que sentí como él se estremecía, una extraña sensación de gorgoteo se manifestó en mi interior, sabía que aquel hombre estaba eyaculando dentro de mí, estaba vaciando un fuerte torrente de semen ardiente en mi interior, en ése momento me sentí completamente invadida, poseída y sometida, por un hombre que me acababa de convertir en toda una mujer.

Tras aquel intenso éxtasis, él se recostó sobre mi espalda, mientras continuaba acariciándome mis cintura y besándome la nuca. Al estar yo en esa posición pude observar como el otro policía empezó a desabrochar su pistolera y sus pantalones, su pene no lucía muy excitado, por lo que se masturbaba para lograrlo ponerlo en total erección. Mientras tanto el que se encontraba sobre de mi se fue levantando lentamente, sentí como su ahora flácido miembro salía resbalosamente dentro de mí dando lugar a un extraño ruido que de repente se dejó escuchar, curiosamente voltee para saber de que se trataba, me sorprendí al ver que aquel ruido era ocasionado por el semen que escurría de mi ano y se estrellaba en la acera de la calle.

Con aspecto burlón él me decía.-"No te preocupes, embarazada no vas a quedar"-. Me senté en el asiento de la patrulla para tratar inútilmente de limpiar mi trasero y mis muslos por los que ahora escurría aquella enorme lechada de semen, mis bragas, vestido y medias se encontraban completamente empapadas de aquella aglutinada sustancia. Aquel panorama excito visiblemente al compañero del regordete policía, ocasionando que éste se acercara tranquilamente.

Al posicionarse dentro de mí, se puso en cuclillas, sacó su pañuelo para tratar de ayudarme a limpiar aquel desastre, lentamente me recorría las piernas desde mis tobillos hasta el filo de mis nalgas, lo hacía más tierna que lascivamente. Le agradecí que hiciera aquello. A continuación se puso frente a mí, me tomó por la barbilla y me dio un beso en la boca. Me dijo que yo era muy bonita, tomo mi mano, me puso de pie, miró mi cuerpo de arriba abajo, colocó su otra mano en mi espalda para apretarla sobre su pecho, logrando con esto embarrar sus labios sobre los míos. Traté de rechazarlo, pero pensé si con aquello evitaba que me hiciera cualquier otra cosa, lo seguiría haciendo. Como dos tiernos amantes seguimos besándonos por largo rato, él parecía extasiado por mi femenina apariencia algo que me ayudó a superar de mejor forma aquel mal rato. Mientras nuestros cuerpos permanecían pegados yo podía sentir como su duro miembro chocaba con mi entrepierna, sin soltarme la mano, me la llevó lentamente hasta sus ingles invitándome gentilmente a palpar la rigidez de su verga.

Empecé a tocarla con cierta timidez, se sentía extremadamente dura, ligeramente humedecida y con sensación aceitosa, me indicó con breves movimientos que empezara a realizar caricias de vaivén para masturbársela. Conforme lo hacía, aquel falo parecía agrandarse y endurecerse más todavía, con su mano me tomó de la nuca y con una suave presión sobre mis hombros me propuso sin palabra alguna a hincarme frente a él. Al yo hacerlo, quedé frente a un descomunal miembro el cual lucía rojo, con venas inyectadas y la punta segregando ya líquido seminal.

Quedó frente a mi boca y me dijo con tono suave y fraternal, -"Ánda, Chúpamela"-. Yo me acerqué, con timidez hice primero contacto con mis labios, aquel glande se sentía exageradamente caliente, a tal grado que sentí que si no la humedecía un poco con mi lengua, me quemaría la boca; con impericia, abrí mis labios y lerdamente saqué la punta de mi lengua dándole un diminuto lengüetazo, pero que basto para que el cuerpo de aquel hombre se cimbrara descontroladamente, continué acariciando la cabeza de aquella verga con la suave textura de mi lengua, ésta tenía un sabor extraño, una sensación nueva que me excitaba y que me invitó a tomar la iniciativa de la situación. Introduje aquella verga en mi boca y con mis manos empecé a acariciar los testículos que le colgaban. Él parecía haberse quedado sin aliento, y cuando lo recupero, con dificultad comenzó a articular palabra para decirme que no dejara de mover la lengua y que me la tragara más a fondo. Él se movía en mi boca como masturbándose en ella.

A esa altura era tal mi confusión de sensaciones: miedo, placer, curiosidad y excitación, que no me percaté de que él otro policía se había colocado a mis espaldas para empezar a acariciarme la cintura. Mientras que el otro metía y sacaba rítmicamente su verga de mi boca, provocándome más excitación, al punto que no me di cuanta cuando empezó a eyacular dentro de mi boca, por lo que me tragué parte del semen que salía de su miembro, él al darse cuenta de aquello se apresuró en sacarlo, pero lo único que logró fue salpicar toda mi cara de aquella abundante venida. Fue cuando yo estallé eyaculando entre mis femeninas ropas, terminando completamente empapada, bañada totalmente en semen. Extenuada, quedé ahí tirada, mientras observaba como aquel par de oficiales se recogían las ropas, subían a su auto patrulla y se retiraban dejándome ahí sola. Yo trataba de recuperar las fuerzas para vestirme nuevamente, subir a mi auto y regresar a casa. Esa noche en mi habitación medité en todo lo que había desatado mi desenfreno, recordaba aquella experiencia no como algo adverso, sino como algo excitante. Desde entonces, he regresado a aquel sitio otras dos veces, igual de linda y femenina.

Como si se tratara de un común acuerdo en ambas ocasiones me he encontrado ahí con mis perpetradores pero no para hacer algún reclamo, sino para poder disfrutar nuevamente de los placeres del sexo ardiente que aquellos hombres me brindan gratuitamente.

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